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viernes, 25 de febrero de 2011

La Pepita de Oro

Mientras vivas, se alegre que nada te perturbe.
Que la vida es muy corta y el tiempo se cobra su derecho.
(Epitafio de Seikilos, Siglo I a.C)
A lo largo de estos años he aprendido a separar los granos de arena de las pepitas de oro, las piedras de las gemas, usando horas eternas el tamiz finísimo de la palabra, encuentros fortuitos, en los que el líquido elemento que se escurre entre los dedos y la arena desaparece suavemente bajo la minúscula malla, tierra inservible que nadie añora, líquida como el elemento en el que se encuentra, y que vuelve a conformar parte del lecho del rio, sin embargo las pepitas enseguida destacan a pesar de los enérgicos vaivenes de los filtros y el barro que las envuelven, siempre hay un rayo de luz que en lluvia de fuego devuelve su brillo, múltiplicado por su luz propia. Parece que todo es al revés y que la luz nació para el resplandor de estos minúsculos cuerpos.

Con el contacto de los dedos se activa su vida propia, al frotarlas cobran vida, gimen y su polvo dorado se queda durante días en la piel de las yemas, en los bordes carnosos de los labios, en las papilas olfativas, en la mente ...
Apretadas con fuerza entre los dedos y cerrando los ojos con fuerza, la eternidad se vuelve instante de oro.
Aunque pasen los años esas pepitas permanecen, no todos tienen los ojos y los dedos preparados para que se escapen entre los dedos, cuando sucede las lágrimas aparecen, pues las pepitas son codiciadas por mil mineros que la guardaran con ahinco entre sus fardos de viaje.
El problema es que no quiero desprenderme de mis pepitas aunque me ofrezcan todo el 'oro' del mundo ......