Al abrir el buzón antes de ir al trabajo, le había aparecido una invitación en una cartulina apergaminada para una comida en el mismo día, la verdad es que se confrontaron la curiosidad y sentido común y ganó la primera, de este modo se ahorraría una tediosa sesión de cocina y 'casualmente', este jueves por la tarde podía 'saltarse' la oficina con una buena excusa para poder desentrañar tan insólita invitación .......Se fue al trabajo con una sonrisa dibujada en el rostro.
Se le hizo muy larga la jornada, por fin a la hora estipulada se presentó con una botella de vino blanco, la mesa estaba servida con exquisito gusto, las persianas dejaban pasar rayos de luz como cuchillos brillantes, su secreto admirador cocinero tenía una sonrisa muy desestabilizadora, tomó el vino y le ofreció su mano, notó un escalofrío con la tibieza de aquella mano grande pero que denotaba mucha suavidad, la acompañó tomándola del talle y se sintió levitando hasta la mesa que estaba cubierta con un mantel blanco de tela, abrió el vino y lo depositó en una cubitera plateada llena de hielo picado.
De repente al mirar a los spaguettis, la sonrisa se le heló por unos instantes, le pareció que se movían, evitó mirarlos y se dedicó a contemplar a su inesperado anfitrión, movía elegantemente sus manos entre las viandas, la sirvió con una extremada habilidad. Estaban exquisitos.
No se sabe muy bien que pasó luego, el caso es que parece ser que uno de los spaguettis enrollado en su tenedor pareció recobrar su estado anterior, se desenrolló por si mismo ayudado por la salsa, quedó colgando de las horquillas del tenedor y en un último esfuerzo realizó un doble salto mortal con aterrizaje impecable en su blusa de seda de blanco puro. Quedó ahí enroscado sobre si mismo, tan largo cual era formando una 's', rozando la piel y amenazando con meterse dentro de su escote aprovechando el deslizamiento que proporciona la viscosidad del rojiza tomate.
El tenedor se le escapó entre los dedos y acabó su vuelo en el plato, salpicando zonas aún no manchadas de manos, mesa y blusa.
Un instante lleno de silencios, luego una tímida sonrisa y la típica frase despues de un desastre:
-¿Tienes quitamanchas?
-Yo creo que lo que necesitas sería un quitablusas, está totalmente manchada, lo mejor es que te la quite, la dejamos en remojo con un poco de detergente y luego a la lavadora y de aquí dos horas como nueva.
-¿Sabes? Es la excusa mas buena para desnudarme que me han hecho nunca.
-Como quieras, puedes seguir con tu spaguetti colgando a mi no me molesta, mas bien me gusta, te da un aire 'florido'.
-Quítame la blusa por favor que tengo las manos llenas de tomate.
Allí quedó la blusa en remojo en un recipiente en la cocina, mientras seguían comiendo, esta vez con el torso desnudo de ella y el de él (por solidaridad), los spaguettis seguían saltando del tenedor a la piel, adoptando formas extrañas o enroscándose en los pezones que dadas las circunstancias se endurecían entre el contacto de aquellas pequeñas serpientes de suaves contornos y los dedos serviciales que los limpiaban.







- Mi tercer deseo es hacer lo mismo con tus labios vaginales pero en lugar de mis dedos para aplastar la fruta, utilizaré mi miembro como un rodillo apretado entre mi vientre, contra tus muslos, contra tu cueva ardiente.